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    Huatulco, de regreso a los básicos

    Huatulco, de regreso a los básicos
    2018
    02
    May

    Su reconocimiento como hot spot internacional, gracias a la certificación EarthCheck, la organización mundial que ayuda a comunidades y gobiernos a crear destinos turísticos limpios, seguros, prósperos y saludables para visitar, vivir, trabajar y divertirse, lo hace único, transparente y de una sencillez que cautiva. He aquí algunos básicos que te harán visitarlo lo más pronto posible.

    Tu casa de playa Huatulco es para compartirse. En familia o con amigos, lo de hoy es quedarse en una casita, pero de lujo, como la de Las Palmas Villas & Casitas , miembro de Hoteles Boutique de México. Pareciera reinar el acantilado que ocupa; sus consortes: los impresionantes oca – sos, la vista que domina una parte hermosa del Pacífico rematado por rocas y las olas de playa El Violín; también comparte la corona la vegetación indomable del Parque Nacional Huatulco . En Las Palmas, con sus desniveles y su alberca infinita y jacuzzi, todos son importantes y se hace lo imposible por consentir. Tres suntuosas villas y cinco casitas con cocineta y dos baños la conforman. Al centro, una enorme palapa es el punto de reunión para el asado, los juegos, el bar, y largas ho – ras de plática y comilonas. Olguita, se podría decir, posee título nobiliario en este reino. Es cocinera tradicional y tiene el toque que de la gastronomía oaxaqueña todos adulan y aman. Moles, tlayudas, mariscos y pescados del día, chocolate y pan de agua son algunos de sus imprescindibles. En tu casita siempre habrá sorpresas como flores, fruta o mezcal… ¿Más detalles? Luce en cada rincón decoración de muchas partes del país: talavera poblana, mesas y candelabros de hierro forjado de Jalisco; jarrones, ollas, floreros de barro negro; equipales y finos textiles. Pero, de verdad, el tesoro de la corona es su personal, dispuesto a concederte paseos, transporte, antojos, información y excelente charla. Manglares que esconden playas doradas La primera vez que visité Huatulco me la pasé en alguna de sus 36 playas , una de esas a las que solo se puede acceder por lancha, solitaria y semivirgen. Tres almas sincronizamos aquella vez (hace unos doce años) buscando solo eso: sol, mar y aislamiento. Aunque recuerdo con nostalgia y cariño esas vacaciones con Angélica y mi querida y siempre añorada “Espa” (Laura García para todos sus fans de La Dichosa Palabra y muchos otros exitosos programas culturales y de entretenimiento, @lauentuiter), esta vez viví el destino como si fuera otro. Mi primera sorpresa fue recorrer el circuito que conecta a todas las bahías, todo pulcro, ajardinado y perfecto; me pareció estar dentro de un fraccionamiento, pero no, así es todo Huatulco. No hay calles feas ni tristes ni inseguras.
    La segunda revelación llegó al bajar de la camioneta a una especie de estacionamiento que luego caí en cuenta era el Club de Playa Tangolunda (con precios súper accesibles de sanitarios, regaderas, zona para acampar en tienda o tráiler park), pero, la playa no se asomaba… Seguimos a nuestro buen guía por un paso de madera que hace las veces de tarima para atravesar un manglar sin mojarse ni dañarlo. Este héroe de la naturaleza (detienen la fuerza de los huracanes y es hogar de muchas de especies de aves y reptiles) es del tipo manglar blanco y es un microclima fresco, sombreado y muy particular. No puedes imaginar que a unos pasos saldrás a una de las playas más doradas, extensas (unos 500 metros de largo) y hermosas que hayas pisado: Tangolunda, la segunda en tener desarrollo hotelero (la primera fue Santa Cruz). Al verla tan poco concurrida, le pregunté el porqué a nuestro guía y sonriendo me dijo: “Tenemos 36 playas, hay espacio para todos”. Acto seguido me tumbé en la arena y fue mía por un par de horas. Cata de mezcales en La Crucecita El corazón de las Bahías de Huatulco está en La Crucecita. Ahí transcurre todo. Justo enfrente de la plaza está Casa Chahue, una tienda de variadísimos productos oaxaqueños donde la tradición es pasar “por tu probadita”, que no es otra cosa que catar mezcales en la intimidad de la trastienda. ¡Qué buena cosa! Comenzamos con un Reserva Especial, blanco, aperlado (cuando se sirve, se hacen unas perlitas; si no las ves, es que no es de buena calidad). Este realmente me pareció para gargantas profesionales: ¡55 grados de alcohol!, cuando la media es de 38. Ahí aprendí que el mezcal con gusano, que muchos traen en el fondo, son realmente una oruga de mariposa nocturna que deposita sus huevecillos dentro del agave, su fuente de proteína.
    Es totalmente pulcro porque nunca toca la tierra; está dentro de la planta, ahí crece, y es por eso que le da un sabor muy especial al producto. El segundo que probamos es el llamado “de pechuga”, cuyo origen se cree es un mito, pero no. Antiguamente, durante el destilado (realizado generalmente dentro de contenedores de cobre) se colocaba una pechuga de pollo, guajolote o conejo y se cocía dentro del destilado dejando ahí su jugo para darle un sabor característico que era muy apreciado. Actualmente ya casi no se estila; hoy se agregan unas ramitas de la hoja de maguey cocida (dulce como la miel) y de ahí su retrogusto dulzón. Hay otros más manipulados, como el reposado de 11 meses de agave Espadín o el añejo que espera ser embotellado después de uno o dos años. Si me preguntas por los colores, te diré que aprendí que se torna dorado por el paso del tiempo en barril de roble rojo. Incluso probamos uno de cinco años de maduración, Don Honorato, el coñac de los mezcales. La inspiración, debo decirlo, para seguir probando fueron los entremeses: naranjas con sal de gusano, chapulines, quesillo y hasta tlayudas. El tiempo se había escabullido entre sorbo y sorbo. Colores únicos en el mundo Dejamos atrás la comodidad de nuestra casita en Las Palmas para visitar el pueblo de Arroyo González, donde recién inauguraron el Centro Textil Artesanal Beel Guiée, donde don José Luis Vicente Mendoza y su familia han hecho el esfuerzo de montar pequeños núcleos de trabajo para que el visitante pueda apreciar la tradición del teñido natural de la lana con la que se hacen elaborados tapetes en el telar de cintura. Ellos son de Teotitlán del Valle (de la Región de los Valles Centrales, a 31 km de la capital oaxaqueña). El doble propósito es reinsertar a sus hijos y nietos en este ancestral oficio y hacer que todo aquel que los visite aprecie el trabajo de cada pieza (como las vimos en el Museo de Artesanías Oaxaqueñas, en La Crucecita). Así, generoso, el señor José Luis compartió su sabiduría contándome más detalles que de la cochinilla desconocía.
    Es un insecto que vive y se alimenta del nopal, pero especialmente del denominado de Castilla. Su efímera coraza es un polvillo blanco que lo cubre de otros insectos y el clima. A los tres meses muere deshidratándose, y con una pluma de ganzo o de guajolote lo recolectan. Cuando se tienen suficientes, se muelen y no es sangre el rojo que al reventar pinta el metate, sino un ácido que del jugo de nopal ha sido procesado. De algo diminuto sale un misterio grande como el universo mismo. El color granate tan valorado ya puede utilizarse, y muta de
     color al cambiar su ph: con unas gotas de limón se torna naranja; morado, con bicarbonato… así hacen magia las manos de los abuelos y de tantas generaciones que supieron extraer hasta 90 diferentes colores solo de la cochinilla. Tendidas al sol estaban las madejas de lana teñidas; los chiquillos corrían de un lado para otro, mientras otra señora ya echaba la tortilla al comal. La sabiduría y la sencillez de estas personas es una combinación que te revuelve todo por dentro y no queda más que ser agradecido; aprender esa actitud de compartir la naturaleza y la vida…